
La invención artística y su metamorfosis
en Modernes et après : « Les Immatériaux », París, Autrement, 1985, pp. 173-182.
Ver: Arte espacial, La Gran Rueda Celeste, Obras blancas, Pinturas, Las Variaciones
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La invención artística y su metamorfosis
La época que atraviesa nuestra sociedad no es particularmente fácil de vivir. Queramos o no, nos abruman retahílas de informaciones y de datos contradictorios que ningún sistema de pensamiento puede ya volver coherentes y, si es difícil ver con claridad, es aún más ilusorio esperar permanecer inocente de lo que nos rodea.
Por otra parte, mientras que nunca, en ninguna sociedad humana, el «decorado» había sido tan suntuoso como hoy —y efectivamente lo es— y sigue puliéndose (marco de vida, esperanza de vida, protección social), lo frívolo nos ha invadido mientras que el discurso, por su parte, abandonaba la escena. ¿Se sabe todavía dónde se sitúan lo urgente y lo importante? A veces. En cambio, ya nadie, sea artista, poeta, bufón, filósofo, científico o economista, sabe dónde está situado el lugar de lo esencial. Punto vacío, faro ciego, su metáfora misma sigue abierta de par en par. Sin embargo, es precisamente en razón de semejante sustrato por lo que una rara convergencia de privilegios se ofrece al artista, y me explico.
Para los artistas, una oportunidad inaudita
En primer lugar, los referentes clásicos se derrumban y ninguna tradición es todavía lo bastante fuerte como para obstaculizar o esterilizar la imaginación. En este momento de despolarización, todo se vuelve posible, y el grado de libertad del artista nunca ha sido tan amplio.
Además, asistimos a una apertura general de los compartimentos del saber. El conocimiento cambia de naturaleza; ya no se sitúa en las columnas del templo, sino entre las columnas. Es en las interfaces donde se encuentran las simientes nuevas. La ampliación de las ciencias p. 174 sistémicas y la vivacidad actual del diálogo arte/ciencia dan fe de ello.
Por último, la época es única en la medida en que, gracias a las repercusiones industriales y al saber hacer tecnológico, la «Gran Galería» de suministros para artistas no deja de extenderse. El artista disfruta hoy de una profusión única de medios de todo tipo, cuya noción misma se amplía sin cesar. Por medio debe entenderse en adelante todo elemento o dispositivo, concreto, teórico o conceptual, que, de cerca o de lejos, consciente o inconscientemente, se utiliza para la realización de la obra. Lo cual abarca, por ejemplo, tanto los soportes, pigmentos y materiales como los tratados de armonía musical, las herramientas matemáticas, las pantallas catódicas o incluso los algoritmos asociados a tal o cual dispositivo informatizado, etc.
Ahora bien, el arte no procede de lo mejor sino de la diferencia, y cada medio nuevo induce una ampliación y una prolongación inéditas del gesto del artista. Lo cual no quiere decir que la expresión de esa diferencia no pueda realizarse solo por mediación de los medios clásicos, pero se comprende que la utilización de medios nuevos facilite el acceso a esa diferencia. A condición, no obstante, de no caer en la trampa que consistiría en utilizarlos únicamente para mostrarlos en su sola gloria, cuando no deberían ser más que medios al servicio de una intuición y no participar del simple «número» de destreza o de la demostración.
Así, la matriz cultural actual, en razón de los tres puntos anteriores, reúne como ninguna otra las condiciones más favorables para la invención artística en particular.
Sin embargo, el vacío espiritual característico de nuestro tipo de sociedades plantea un problema y frena la invención: ¿cómo crear, sobre ese vacío, obras «habitadas» —en este caso, ¿por qué?— y cómo, en tal caso, podrían las obras expresar la idea de su propio deseo? Sin duda por eso tantos artistas, hoy, toman aún prestados de sus pares los signos de un lenguaje ya inventado, incluso consumado, en cuya estela p. 175
Horizontes cósmicos que se abren: una estética planetaria. La Rueda Celeste de Jean-Marc Philippe. p. 176 inscriben su propia trayectoria. Esos artistas no son «más que» creativos repetitivos, por oposición a otros que crean, pero que también inventan, a veces obras por desgracia vacías, en una prospección ciega de todos los posibles, mientras que otros, por último, crean también pero, esta vez, inventan los signos de otro lenguaje a la escucha de una intuición agudizada al extremo.
La repetición, el vacío o la metamorfosis: quizá ahí se sitúe lo que está en juego en el arte de hoy.
En lo que respecta a mi trayectoria artística, me beneficio de este momento favorable e intento también ser uno de los actores activos en la apertura de los compartimentos del saber, en la medida en que me implico simultáneamente en tres direcciones, y, curiosamente, esta triple andadura refuerza mi exigencia para cada una de ellas.
Un espacio pictórico blanco
La primera de mis andaduras me lleva, mediante procedimientos y medios clásicos de la pintura, a engendrar lienzos en los que, en un espacio muy despojado, se organiza una representación de lo humano. La superficie pictórica se trata en ellos en el plano del vacío y del blanco, del detalle y del estallido, de la dispersión y de la fragmentación, y en ella se inscriben elementos significantes identificables: una mano, una mirada, una sonrisa, un poco como si el detalle en cuanto tal pudiera revelar el conjunto de una totalidad ausente, un poco como si cierto punto vacío no nombrado correspondiera al centro de gravedad del todo. Así ocurre con las 19 Miradas expuestas en la F.I.A.C. 81.
En el marco de esta primera andadura, recurro exclusivamente a la mano y a esa maravilla asociada que es el tacto. Pero la gestación de estos lienzos, como su realización, es lenta y, en el mejor de los casos, al término de mi vida no habré diseminado más que unos pocos cientos, quizá. p. 177
Las imágicas
La segunda dirección [sic] en la que me implico pone en juego las formidables posibilidades que ofrecen las técnicas electrónicas de manipulación de la imagen, abandonando deliberadamente toda intervención de la mano. Desde hace algunos años, los científicos, para responder a sus propias necesidades de visualización de los fenómenos que estudiaban, han realizado dispositivos que seguían siendo muy rudimentarios en cuanto a margen estético y a resultados potenciales (dispositivos que revelan los movimientos cardíacos in situ o que transponen los datos procedentes de la teledetección espacial). Así me vi llevado a concebir dispositivos originales que hacían más móvil y más extenso el campo de los posibles alcanzables, permitiendo que en él se revelara la sensibilidad propia de cada cual. Las propuestas resultantes se mostraron en Tokio, Milán y, recientemente, en el Salón Art/Science Phirama de Marsella.
Para un pintor, un dispositivo así es, por supuesto, algo mágico, pues, a partir de una propuesta elegida (toma de vista real, boceto manual), pueden alcanzarse varias decenas de miles de propuestas, y ello en el espacio de unas pocas horas. Estas imágenes, que escapan a toda referencia, requieren un enfoque mental muy particular. El espíritu encuentra en ellas una materia prima a la vez que una práctica única de la experimentación, y la facilidad de acceso a esa multitud de variaciones embriaga la mirada tanto como el imaginario. Por otra parte, el proceso de lectura y de apreciación de una imagen destinada a ser fija, pero arrancada de su contexto y convertida en un verdadero torrente de propuestas móviles, impone una agudeza muy fina, pues el problema fundamental es el de la elección de las propuestas que se retienen; problemática tanto más interesante cuanto que apela a la noción de exclusión como a la de adhesión, que se vuelven, en este caso, casi palpables. Mientras que en pintura la obra procede mucho más del «golpe certero» que del recurso a las variaciones y a su prospección sistemática en un lapso de tiempo tan breve.
Estas imágenes, su obtención, la lógica y la sintaxis p. 178 propias del dispositivo plantean múltiples preguntas que todavía no tienen un marco teórico realmente adaptado. ¿Cómo, por ejemplo, prospectar todas las configuraciones virtualmente alcanzables, y tiene eso siquiera sentido...? Hay que admitir entonces el principio de los callejones sin salida y, o bien ir en busca de esas imágenes y de sus variaciones al azar, o bien visualizar algunas con método, cada «n» configuraciones, y volver a hacer «zoom» sobre las que parecen más dignas de interés.
Me sucede entonces pensar en museos de un nuevo tipo en los que las obras serían móviles y en los que decenas de dispositivos diferentes difundirían, día y noche, el despliegue sin fin ni repetición de sus propuestas plásticas, como el sol que juega, en una variación ilimitada, con las vidrieras de una catedral imaginaria.
La Rueda celeste
La tercera dirección en la que me implico me exalta más aún, y lo que de ella resulta ya no tiene nada que ver con lo que preexiste. Hay ahí algo que participa de un delirio «razonado», y ello, sin embargo, en una ausencia total de linde y de límite...
En tres ocasiones, conceptos complejos se presentaron —ya hechos— a mi conciencia, como aparece un resultado en una página en blanco o en un terminal. Solo sé una cosa de ellos: correspondían a preocupaciones constantes que me habitaban en sordina, y que la intuición, en su inmediatez, me revelaba como una cristalización espontánea.
Uno de esos conceptos tiene la ambición de ser para el tercer milenio lo que fue la Gran Pirámide en su tiempo. Se llama la «Rueda celeste» y traduce la voluntad de encender estrellas en el cielo, pero no en cualquier parte, ni de cualquier manera, ni en cualquier momento. Entonces, imaginen... «Imaginen una corona de estrellas alrededor de un planeta como una gran fiesta, como una desmesura, a la medida, sin embargo, de los seres que lleva ese planeta...
»Y si la Tierra fuera ese planeta, si esa corona p. 179 de estrellas fuera la Rueda celeste y si la desmesura de esa Rueda celeste designara la idea de la exigencia nueva y de la diferencia mientras el alba del tercer milenio se alza sobre la humanidad...»
Una estética...
El concepto de la Rueda celeste nació primero de un choque emocional que se remonta a hace más de diez años cuando, una noche de agosto, un satélite en órbita baja hizo su aparición, atravesando la bóveda celeste en diagonal para desaparecer, engullido por el cono de sombra proyectado por la Tierra. Aquella noche, en aquel instante, el Poema era precisamente el Universo entero, y el «yo» del poema, ese satélite artificial que inscribía su trazo sobre el ruido de fondo del firmamento, centelleando como una estrella de primera magnitud...
En aquel instante supe que la ciencia se había convertido en sujeto del discurso. Una ciencia y un discurso a merced del hombre, en resonancia con sus capacidades genéticas y a través de los cuales —en este momento de la civilización— le sería revelada su verdadera medida, así como la historia de su destino.
A partir de aquella noche empecé a esperar el día en que el hombre inscribiera ya no el trazo sino, esta vez, el signo de su ambición, que le devolviera como un reflejo la exigencia de esa búsqueda.
Y fue gracias a la evolución de las técnicas espaciales y al saber hacer tecnológico como ese Signo, icono mental de un nuevo tipo, cristalizó en su concepto y en su forma.
De hecho, la Rueda celeste se apoya esencialmente en la noción de satélites geoestacionarios en relación con su órbita específica. Estos satélites, hoy corrientes en el ámbito de las telecomunicaciones, tienen características comunes precisas: todos están dispuestos en un mismo gran círculo (situado en el plano del ecuador terrestre) cuyo radio es igual a siete veces el radio de la Tierra; una vez «calados» en su órbita (ese famoso gran círculo), permanecen en la vertical de un mismo punto de la Tierra; están, por tanto, animados de una velocidad angular rigurosamente igual a p. 180 la de la Tierra. Lo cual se traduce en que, si un satélite geoestacionario fuera visible desde el suelo, se podría en cualquier momento del día o de la noche salir y comprobar que sigue estando «ahí», rigurosamente en el mismo lugar del cielo.
En los próximos años, el mercado de las telecomunicaciones requerirá el lanzamiento de unos ochenta de estos satélites, además del centenar ya puesto en órbita que rodea la Tierra, como un gigantesco anillo de Saturno. Así, la idea fue injertar en los próximos satélites de este tipo un dispositivo técnico telecomandado desde el suelo que emitiera, a petición, una señal luminosa que, vista desde la superficie de la Tierra, tuviera un brillo —o magnitud— igual o superior al de Venus cuando su brillo es máximo.
Una vez que treinta o cuarenta de estos satélites estuvieran así equipados, podrían encenderse por orden de la Tierra, y dibujarían entonces en el cielo una gigantesca... Rueda Celeste.
Y de formas...
El conjunto se prestaría entonces a configuraciones de encendido diversificadas. Se podría, por ejemplo, una vez que un consenso lo hubiera decidido, encenderlos todos simultáneamente a las cero horas, tiempo universal, a las 8 h y a las 16 h TU, durante cinco segundos. Más allá incluso del Signo inscrito en el cielo, la Rueda celeste haría las veces de señal horaria y materializaría el plano del ecuador terrestre (con unos pocos grados de diferencia, el del plano de nuestra galaxia).
Con ocasión de los grandes acontecimientos mundiales (Juegos Olímpicos, exposiciones universales...), podrían adoptarse otros tipos de configuraciones de encendido (hacer correr la señal luminosa de un satélite [sic] a otro con ritmos diferentes, haciéndolos centellear uno a uno, de dos en dos...), cada tres horas, por ejemplo, anunciando así mediante una especie de código que en la Tierra existe un lugar de fiesta. La noche de Navidad, todos los satélites brillarían a modo de «guirnalda celeste». Y, si un día los hombres, p. 181 presa de la locura, desencadenaran un conflicto nuclear, la Rueda celeste palpitaría, emitiendo en morse SOS luminosos.
La Rueda celeste permitiría también, por primera vez, visualizar la velocidad de la luz. Esta se propaga a razón de 300 000 km por segundo, y la circunferencia del gran círculo de la Rueda celeste mide algo más de 280 000 km. Así, la luz, corriendo de un satélite a otro, volvería a pasar por el mismo punto del cielo algo menos de un segundo después. Otra observación más: la Rueda celeste, según el punto de observación, presentaría una inclinación respecto al horizonte diferente de un lugar a otro. Así, la evidencia de que nuestra Tierra es redonda se volvería perceptible a través de nuestros viajes.
Dejando de lado las descripciones técnicas, la realización práctica del sistema técnico propiamente dicho plantea todavía algunas dificultades. Aunque la potencia luminosa requerida es importante, no es insuperable si la duración de un destello luminoso es del orden del nanosegundo. Ello requiere una estabilización síncrona, pero se trata de cuestiones bien conocidas y resueltas por los especialistas de los vuelos espaciales.
En el plano simbólico, deseo precisamente que la «inauguración» de la Rueda celeste, es decir, su primer encendido, no tenga lugar hasta el 1.º de enero del año 2000, es decir, al comienzo del tercer milenio. Su financiación, por último, podría asegurarse mediante una participación de todos los gobiernos que se asociaran a ella a prorrata de su producto nacional bruto.
... Para el planeta Terra
Baliza en el espacio, signo sin referencia, la Rueda celeste fue concebida como un símbolo tangible y como un faro revelador de nuestra propia y nueva dimensión de hombres en el alba del tercer milenio: dimensión de nuestra capacidad de saber hacer, de la de saber plantearnos nuevas preguntas, así como de tener que gestionar una balsa de vida en p. 182 el espacio, cierta perla azul en el cosmos, un planeta llamado Terra.
En la encrucijada del arte, la banca y la industria, la Rueda celeste concreta e ilustra el advenimiento de la mutación de civilización que se anuncia. Sus premisas proceden más bien de la andadura artística clásica, y su realización implica a la colectividad entera. Su financiación será la prueba de que una voluntad cultural habrá sabido inflexionar la naturaleza tradicional de la inversión, superando el mero modelo industrial, y aplicable también a las cosas del espíritu.
Representa y traduce para mí el cambio de escala y de voluntad en la historia de los hombres. Y además —quizá aquí fabulo— querría que proclamara a gritos el fin del tiempo de los profetas, porque el profeta es usted, soy yo, porque ahora es la humanidad entera la que revela la suma de todos nuestros actos individuales, nuestros compromisos, nuestras dimisiones, nuestras aspiraciones, nuestras exigencias, y porque es toda esa toma en consideración la que esculpe el verdadero rostro de la Tierra. Lo decía: fabulo... y, sin embargo, lo creería: la Rueda celeste participa de lo Sagrado, cuyo sujeto es la Ciencia —ahora más que nunca— en esta posmodernidad que comienza...
Transcripción según la edición original (archivo Jean-Marc Philippe). © Jean-Marc Philippe / derechohabientes.